Él suspiró. Escuché murmullos detrás; Lucía estaba allí.
—Mamá, no puedes dejarnos así. Tenemos gastos, el alquiler, la guardería… Tú siempre has ayudado…
—Ayudar no significa obligación —interrumpí—. Y mucho menos significa comprar cariño.
La conversación se tensó aún más cuando escuché a Lucía intervenir, sin siquiera saludar.
—Solo queríamos evitar discusiones en Navidad, señora. Pensamos que sería mejor si venía otro día.
—Lucía —respondí calmadamente—, que yo aparezca con regalos para mi hijo no es un conflicto. Que ustedes me cierren la puerta en la cara, sí lo es.
Daniel trató de mediar, pero su voz temblaba. No era solo el dinero. Había algo más.
—¿Qué pasa realmente? —pregunté al fin.
Silencio. Luego, una confesión inesperada.
—Lucía perdió su trabajo hace dos meses… y hemos estado usando tu dinero para cubrir casi todo. No te lo dijimos porque… porque nos daba vergüenza.
Respiré hondo. De repente, mucho encajaba: la tensión, la distancia, las miradas evitadas en nuestras últimas reuniones.
—Y ayer… estábamos agotados, estresados, discutiendo. No supimos manejarlo. —agregó él.
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