Supe la verdad más tarde, cuando todo terminó.
El casero venía a mi casa cada vez que iba a trabajar. Tenía sus llaves. Sabía mi horario: a qué hora salía, a qué hora volvía. Se lo conté yo misma, por cierto, por costumbre, sin pensarlo.
No venía a robar nada. No rompía ni buscaba objetos de valor. Simplemente vivía aquí.
Se quitó los zapatos en el pasillo, como en casa. Se sentó en el sofá, encendió la tele, Comía de mi refrigerador, usaba el baño, a veces se acostaba en mi cama.
Sabía dónde estaba todo, porque una vez había ordenado estos muebles y elegido este apartamento "en alquiler". Seguía siendo su territorio.
Se sentía con derecho.
A veces hablaba en voz alta. Comentaba el desorden, mis hábitos, la ropa que dejaba en la silla. Le molestaba que "no vigilara el apartamento como debía". Los vecinos podían oír su voz, y por eso se quejaban.
Sabía mi nombre. Conocía mis hábitos. Sabía que no volvería hasta la noche.
No esperaba que fuera el primero en oírlo.
Cuando la policía se lo llevó, se sorprendió de verdad. Dijo que no veía nada malo. Era su apartamento. Sus llaves. Y que solo estaba comprobando que todo estuviera bien.
Desde entonces, nunca he alquilado un apartamento sin cambiar las cerraduras el primer día.
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