Aquella noche de Navidad parecía una reunión familiar más… hasta que el padre de mi nuera me lanzó bourbon directamente a la cara.
—Vamos, papá —dijo entre carcajadas—. Si se ofende, que golpee, ¿no? Aunque dudo que un viejo inútil se atreva.
Mi hijo se quedó inmóvil. No dijo una palabra. Yo me limpié lentamente el rostro con la servilleta, sintiendo cómo algo se rompía dentro de mí. No era rabia. Era claridad.
Levanté la vista y sonreí. No una sonrisa amable, sino una fría, precisa, que desconcertó a todos.
—Tranquilos —dije con voz firme—. No he venido a pelear.
Saqué el teléfono del bolsillo interior de mi chaqueta. Mis manos no temblaban. Marqué un número que no usaba desde hacía años.
—Buenas noches —dije cuando contestaron—. Es hora de ejecutar lo acordado.
Colgué. Nadie entendía nada. Pero en ese instante, mientras las risas se apagaban, supe que acababan de cometer el peor error de sus vidas.
La música seguía sonando, pero ya nadie prestaba atención. El ambiente había cambiado. Julián frunció el ceño, incómodo por mi reacción inesperada. Clara dejó de reír, observándome como si tratara de descifrar un truco mal contado. Mi hijo, Daniel, me miraba por primera vez en años con auténtica inquietud.
—¿A quién llamaste? —preguntó Clara, con tono burlón—. ¿A la policía de jubilados?
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