Esa noche había empezado demasiado tranquila para ser real.
La cocina olía a pollo frito con arroz, y una vieja melodía de jazz, de esas que Julian solía poner solo en ocasiones especiales, sonaba suavemente en el altavoz. Se movía por la cocina con exagerada precisión, como si interpretara el papel de un esposo cariñoso en un anuncio de felicidad familiar. Sus movimientos eran demasiado fluidos. Su sonrisa, demasiado estudiada. Había demasiado silencio entre sus palabras.
Lo observé desde la mesa, sintiendo una ansiedad lenta y creciente en mi interior; sin forma, sin evidencia, solo una fuerte premonición que no podía quitarme de encima.
Evan balanceó las piernas bajo la mesa y se rió. Le encantaba cuando su padre cocinaba. Para él, era un acontecimiento, casi una aventura.
"¡Chef Julian!", anunció solemnemente.
Mi marido sonrió, pero sus ojos no sonreían. Seguían deslizándose hacia el teléfono que estaba boca abajo junto a él. Esperó. Lo vi tan claramente como veía mis propias manos.
Había cambiado en los últimos meses. No se había vuelto grosero. No se había vuelto frío. Se había vuelto distante. Como un hombre que ya había abandonado mentalmente la habitación, pero cuyo cuerpo seguía dentro.
Intenté justificarlo con fatiga, estrés, trabajo. Cualquier palabra lógica que no sonara a verdad.
Evolución
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
