Aquella noche empezó demasiado tranquila para…

Empezamos a comer.

El sabor me parecía extraño; no estaba echado a perder, no era áspero, solo... soso. Lo atribuí a la fatiga. A la falta de sueño. A la ansiedad que distorsionaba mis sentidos.

Después de unos minutos, me costó sostener el tenedor. Sentía las manos pesadas, como si las estuviera levantando a través del agua. Intenté decirle algo a Evan, pero sentía la lengua torpe y las palabras se me desintegraban en la boca.

La habitación se volvió un torbellino.

Evan se frotó los ojos y se pegó a la mesa.

"Mamá... tengo mucho sueño..."

Julian se levantó demasiado rápido. Demasiado temprano. Su mano se posó en el hombro de su hijo con una suavidad aterradora.

"Estoy bien, solo cansado", dijo.

Ya sabía que no era cierto.

El pánico se apoderó de mí con fuerza, como una cerilla en la oscuridad. Intenté levantarme, pero mis piernas no me sostenían. El suelo me recibió frío, la pelusa de la alfombra se me clavó en la mejilla.

Y en ese instante, en el breve espacio entre la consciencia y el abismo de oscuridad, el instinto se activó. No la razón. No la lógica. Algo antiguo, maternal, animal.

Obligué a mi cuerpo a relajarse por completo.

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