Aquella noche empezó demasiado tranquila para…

La puerta se cerró de golpe. Un aire frío entró en la casa y luego se desvaneció. Julián se fue.

El silencio se volvió tan denso que parecía que podía tocarlo.

Conté mis latidos. Uno. Dos. Tres.

Me obligué a respirar más hondo. Más despacio. Para que la niebla en mi cabeza se despejara, no se espesara.

"No te muevas...", susurré apenas audible.

Permanecimos así durante varios minutos, que se hicieron eternos.

Luego, con cuidado, me giré de lado. La habitación me daba vueltas, pero permanecí consciente. Tiré de Evan hacia mí. Estaba flácido, pero me miraba con los ojos muy abiertos: asustado, adulto.

"Nos vamos", susurré.

Cada movimiento era como escalar una montaña. Me arrastré hacia la pared, agarrándome a los muebles para levantarme. Me temblaban las piernas, pero aguantaron.

El teléfono estaba sobre la mesa. No lo cogí. Solo un pensamiento rondaba mi cabeza: afuera.

Salimos por la puerta trasera. El frío me golpeó la cara, pero era intenso, real. Me ayudó a despertar.

Caminé hacia la casa vecina casi automáticamente. Llamé a la puerta hasta que se encendió la luz.

Cuando nos dejaron entrar, ya no podía hablar con coherencia. Solo podía repetir el nombre de mi hijo y pedir ayuda.

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