A veces, el amor no es una cena a la luz de las velas ni palabras bonitas. A veces el amor es quedarse inmóvil en el suelo, fingiendo inconsciencia, para tener una última oportunidad de salvar a tu hijo.
Después del hospital, el tiempo dejó de fluir como siempre.
Los días se medían no por números, sino por el estado de Evan. Su temperatura era normal. Sus análisis de laboratorio eran mejores. Durmió profundamente. Cada detalle se sentía como una victoria ganada esa noche.
Apenas dormí. En cuanto cerré los ojos, el sonido regresó: la misma voz tranquila y cotidiana de Julian en el pasillo. Sin enojo. Sin nerviosismo. Con confianza. Como un hombre que simplemente resuelve un problema mundano.
Eso fue lo más frío.
La policía vino varias veces. Me hicieron preguntas cuidadosas pero exhaustivas. Les conté todo lo que recordaba: la cena, la pesadez en mi cuerpo, sus palabras, la puerta abierta, el silencio posterior. Cada vez que lo decía en voz alta, sentía que estaba reviviendo la noche que había dividido mi vida en dos.
Resultó que no fue un impulso. Todo estaba planeado. La correspondencia. La búsqueda de drogas. La conversación sobre un "nuevo comienzo". Sobre la "libertad". Sobre cómo "merecía una vida diferente".
En estas conversaciones, a Evan y a mí simplemente nos referían como "circunstancias".
Esa palabra se me quedó grabada en la memoria con mucha pena.
No personas. No familia. Circunstancias.
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