Algo le punzaba el pecho. Miedo, curiosidad, recuerdos, todo mezclado.
Al día siguiente, por fin se preparó. El camino le resultaba dolorosamente familiar; cada bache, cada curva, parecía resonar en su memoria como años pasados.
La nieve se había derretido y el aire olía a tierra y ramas húmedas.
Cuando Svetlana se acercó a la vieja puerta, se le encogió el corazón. La llave sí que encajaba. El crujido de las bisagras resonó en el silencio como un saludo del pasado.
Entró.
La casa seguía igual: inclinada, descascarillada, pero viva. En el porche había un cartel, ennegrecido por el tiempo: «Sveta y Lyosha». Lo habían hecho ellas mismas, en algún momento de su primer año de matrimonio.
Olía a polvo, madera y algo... familiar.
Una tetera estaba sobre la mesa de la cocina. Junto a ella había una caja. En ella estaba escrito: «Abre aquí».
Le temblaban las manos al abrir la tapa. Dentro había un sobre y algunas cosas.
Una fotografía: las dos, jóvenes, riendo, chapoteando en el agua, bajo el sol.
Una carta.
Se sentó, la abrió y empezó a leer.
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