Aquí es donde comienza el amor.

Svetlana se tapó la boca con la mano para no gritar.
Las lágrimas corrían silenciosamente por sus mejillas, cayendo sobre las páginas.
Abrió la caja que estaba cerca. Dentro había un anillo de oro. Su anillo, perdido hacía veinte años en el río. Debajo del anillo había un trozo de papel:

"Lo encontré entonces, pero no se lo dije. Quería devolvérselo en nuestro aniversario. No tuve tiempo.
Es tuyo. Como todos mis días."

Svetlana salió al porche. El viento agitaba la hierba seca y un cuco cacareaba en algún lugar.
Se quedó allí un buen rato hasta que vio un pequeño montículo de tierra cerca de un viejo arce.
Se acercó. La tierra estaba fresca, como si alguien la hubiera excavado recientemente.
Grabadas en la piedra estaban las letras: "El amor empieza aquí".

Cayó de rodillas.

La misma piedra que una vez habían traído juntos de la orilla para "sentar los cimientos de su hogar".
Él la había convertido en una lápida para su amor; no la muerte, sino la continuación.

Los días transcurrían lentamente. Svetlana se quedó en la dacha. Limpiaba, lavaba las ventanas y ordenaba cosas viejas. Cada objeto era como un pedazo del pasado: los juguetes de su hijo, sus herramientas, su viejo delantal.
Encontró una grabadora vieja, la puso en marcha y, de repente, su voz empezó a sonar.

"Svetka... si estás escuchando esto, significa que todo va según lo previsto.
No llores, ¿vale?
Solo quiero que sepas que fuiste lo mejor de mi vida.
No sé si hay más, pero si lo hay, seguiré aquí.
En cada amanecer, en cada sorbo de café, en cada canción que te encanta."

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