Solo el viento respondía, pero ahora ese viento no estaba vacío.
Una tarde, al ponerse el sol, volvió a sacar aquel viejo paquete.
Al fondo, debajo de todas las cartas y cosas, había un pequeño trozo de papel. No lo había visto antes. Contenía solo dos líneas:
"Si alguna vez tienes miedo, mira al cielo.
Allí estoy. Siempre cerca".
Svetlana levantó la vista. El cielo estaba despejado, como el mismo día en que se conocieron.
Sonrió, por primera vez, con una dulzura auténtica.
Y de repente se dio cuenta: había cumplido la promesa que hizo entonces.
Abrió el paquete.
Y se abrió a sí misma.
Ahora, cada primavera, cuando los árboles brotan, Svetlana va a la dacha. Planta flores. Habla con él, como antes.
Y en estas conversaciones no hay dolor, sino una cálida y serena felicidad.
Ya no le teme a la soledad. Porque sabe que el amor nunca muere.
Simplemente cambia de forma.
Y tal vez algún día, dentro de muchos años, alguien más abrirá una vieja caja en esta casa y encontrará una nota que diga:
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