“Cada día, la joven enfermera cuidaba de aquel hombre en coma con devoción, hasta que una mañana, al levantar la manta, descubrió un secreto oculto bajo su piel que le heló la sangre.”

—Haremos pruebas —dijo finalmente—. Pero no te hagas muchas ilusiones, Anna. Podrían ser solo espasmos musculares reflejos.

Anna asintió, pero en el fondo no lo creía. Presentía que algo estaba pasando. Y cuando llegaron los resultados de la prueba, no se sorprendió.

El Dr. Harris le dijo que hay mayor actividad cerebral. Sus respuestas neurológicas son más fuertes que antes. El corazón le dio un vuelco.

¡Así que está despertando! El Dr. Harris dudó. No necesariamente. Podría significar cualquier cosa.

Pero es buena señal. No era la respuesta que quería. Pero fue suficiente.

Ja. Esa noche, sentada junto a su cama, Anna se encontró hablando con Grant más de lo habitual. «No sé si me oyes, pero algo me dice que sí», murmuró.

Lo miró a la cara, a sus rasgos marcados. Todavía inmóvil. Pero por primera vez, sintió que no estaba sola en la habitación.

Así que ella habló. Le contó sobre su día. Sobre los pacientes que la frustraban.

Sobre el médico grosero del tercer piso que siempre le robaba el café. Le contó sobre su infancia. Sobre el pequeño pueblo donde creció.

Sobre cómo siempre soñó con ser enfermera. Y mientras hablaba, no se dio cuenta de que, en lo profundo del silencio de su coma, Grant escuchaba. El sol de la mañana se filtraba por los amplios ventanales de la habitación del hospital, proyectando un cálido resplandor sobre el cuerpo inmóvil de Grant Carter.

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