“Cada día, la joven enfermera cuidaba de aquel hombre en coma con devoción, hasta que una mañana, al levantar la manta, descubrió un secreto oculto bajo su piel que le heló la sangre.”

Sus músculos, entumecidos tras un año de inmovilidad, recuperaban fuerza gracias a la rehabilitación. ¿Pero mentalmente? Esa era otra historia. Grant no recordaba nada del accidente.

Y cuanto más lo presionaban para que les diera detalles, más frustrado se sentía. «Grant, intentémoslo de nuevo», dijo el Dr. Harris durante una de sus sesiones. «¿Qué es lo último que recuerdas?». Grant se frotó las sienes con expresión tensa.

No sé. ¿Dónde estabas? ¿Qué hacías? Grant exhaló bruscamente. Te lo dije.

Son solo fragmentos, destellos. Cuéntamelo. Un largo silencio.

Entonces, Grant cerró los ojos y frunció el ceño. Recuerdo. Una sensación.

Su voz era lenta, insegura. Como si algo estuviera mal. Como si estuviera en peligro.

Anna, que había estado escuchando en silencio desde un lado, se puso rígida. Grant continuó, apretando los dedos. Había un camino.

Faros. Y luego, nada. Solo negro.

El Dr. Harris suspiró. Es común que las víctimas de trauma bloqueen los recuerdos dolorosos. Puede que regresen por sí solos.

Pero por ahora, nos centramos en la recuperación. Grant asintió. Pero Anna pudo ver la frustración en su mandíbula apretada.

Y en el fondo, no podía quitarse la sensación de que algo no andaba bien. Esa noche, sin poder dejar de pensar en ello, Anna fue al archivo del hospital. Ya había leído el expediente de Grant antes, pero esta vez, revisó cada detalle con una nueva perspectiva.

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