Inspeccionó la habitación con atención. Comprobó si había corrientes de aire, tuberías ocultas, ruidos extraños, sombras de coches que pasaban. Movió los muebles. Incluso volvió a pintar una pequeña zona de la pared, preguntándose si habría algún olor o textura que atrajera a Ethan.
Nada cambió.
Entonces, una noche, a las 2:14 a. m., el monitor de bebé explotó con un grito tan agudo que despertó a David de golpe en la cama.
Corrió por el pasillo.
Ethan estaba de nuevo de pie en el rincón, temblando ligeramente, con sus pequeñas manos apoyadas contra la pared. Ya no gritaba, solo respiraba agitadamente, como si hubiera despertado de una pesadilla.
David lo levantó en brazos de inmediato.
"Está bien. Estás a salvo", susurró.
Pero Ethan se retorció en sus brazos, intentando volver la vista hacia la pared.
En ese momento, David supo que necesitaba ayuda.
Al día siguiente, llamó a una psicóloga infantil, la Dra. Mitchell.
"No quiero exagerar", admitió David, pasándose una mano por el pelo, "pero siento que está intentando comunicar algo. Algo que aún no puede explicar".
La Dra. Mitchell visitó la casa la tarde siguiente. Jugó con Ethan en el suelo, rodó una pelota y le habló suavemente.
Después de un rato, Ethan se levantó.
Sin dudarlo, caminó hasta la esquina.
Y pegó la cara a la pared.
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