En ese momento, el gerente del restaurante apareció, pálido, con la lista en la mano. “Señora… está en la mesa principal. Está en la lista de invitados.” Un murmullo resonó como una chispa. Helena se giró lentamente, como si la palabra “lista” fuera una afrenta.
Larissa no celebró. Se quedó mirando, demasiado tranquila para alguien que “no pertenece”. Uno de los miembros de la junta tomó el papel, leyó el apellido y palideció. Otro susurró algo, y de repente la silla vacía parecía un trono esperando a un dueño.
La puerta del salón se abrió y Augusto Meireles, presidente de la junta, entró corriendo. Ni siquiera saludó a los demás. Fue directo a Larissa y le extendió la mano respetuosamente. “Señora Larissa Duarte, bienvenida.”
Helena se quedó paralizada. El silencio que antes la había protegido ahora la traicionaba.
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