Las dos estrellas en mis hombros parecían pesar toneladas. No por el rango, sino por lo que significaban frente a mi familia. Mayor General del Ejército del Aire, eso decían. Nadie en esa sala sabía lo que había detrás de esas insignias.
Mi padre se levantó lentamente de su silla. Ya no reía. Su voz salió baja, casi rota.
—“¿Desde cuándo…?”
—“Desde hace tres años”, respondí con calma. “Te envié cartas. Nunca las leíste.”
Mi madre se llevó la mano a la boca. Por primera vez, no tenía palabras afiladas. Los invitados evitaban mirarnos, incómodos, como si hubieran invadido algo demasiado íntimo. Yo seguí hablando, no para humillarlos, sino para cerrar una herida abierta desde la adolescencia.
Les conté cómo ingresé en la academia, cómo dormí en barracones fríos, cómo aprendí a mandar y a obedecer, cómo fallé y volví a levantarme. Hablé de misiones internacionales, de decisiones que no salen en los periódicos, de compañeros que no regresaron. Nadie me interrumpió.
Mi padre se dejó caer en la silla.
—“Creí que habías desperdiciado tu vida”, murmuró.
No sentí rabia. Solo cansancio.
—“La viví”, respondí. “A mi manera.”
El camarero rompió el silencio preguntando si podía servir el postre. Nadie respondió. Algunos invitados empezaron a despedirse con excusas torpes. La fiesta se desmoronó en minutos.
Más tarde, mi madre se acercó despacio.
—“No sabíamos…”, dijo.
—“Nunca preguntaron”, contesté sin dureza.
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