No abrí el video de inmediato.
No por valentía, sino por autocontrol. Había aprendido que personas como Iván y Claudia se alimentan de tu reacción: tus lágrimas, tus preguntas, tus "¿por qué?". Esa noche, no iba a darles nada de eso.
Miré a mi alrededor. El murmullo en el restaurante se había calmado, como si alguien hubiera girado un dial invisible. Todavía no era silencio, pero ya no era normal. Los teléfonos seguían vibrando, y en cada mesa donde sonaban, la gente se inclinaba hacia la pantalla con esa concentración morbosa que solo aparece cuando la realidad se convierte en espectáculo.
Revisé mi notificación de nuevo: "Video: Sala Privada, 19:42". Era de hacía poco más de una hora. Exactamente la hora a la que Iván me había escrito: "Surgió algo en el trabajo. Lo siento, cariño. Te lo compensaré mañana". Y justo en ese momento, Claudia, mi "mejor amiga", me envió un mensaje de audio de doce segundos con voz cansada: "No puedo, chica, me siento fatal. Disfruta de tu cena, ¿vale?".
El camarero se había marchado, pero lo vi en la barra hablando con el encargado. Y en la esquina del restaurante, cerca del baño, vi a un hombre con gorra negra que no estaba cuando entré. Miraba su teléfono como si estuviera comprobando que todo funcionara.
Apreté la servilleta con fuerza. Entonces recordé un detalle que había pasado por alto: el restaurante tenía un salón privado que se podía alquilar para celebraciones. Una puerta discreta en el pasillo, con un pequeño cartel: "Reservado".
Me levanté. La silla no crujió: el suelo de madera lo absorbió todo. Caminé hacia el pasillo con la calma de quien va al baño, pero cada paso era un tamborileo en mi interior.
Al pasar junto a la barra, el encargado intentó detenerme.
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