El apartamento.
El mío.
No solo tenía un matrimonio fracasado. Tenía un negocio legítimo en marcha. Iván y yo estábamos a punto de vender el apartamento que heredé de mi padre para invertir en una clínica de cirugía estética que, casualmente, estaba a nombre de Claudia como "socia". Había confiado en ella. Había firmado papeles sin leerlos con atención porque Iván era "mi marido" y Claudia era "mi hermana elegida".
Se me congelaron los dedos.
Entonces comprendí por qué todo el restaurante estaba recibiendo el vídeo: no era solo para humillarme. Era para que hubiera testigos. Para que la conversación sobre el apartamento saliera a la luz.
Volví a mirar al hombre de la gorra en la esquina. Levantó la vista y, por un segundo, nuestras miradas se cruzaron. No sonrió. Solo asintió, como diciendo: "Ya está".
Mi teléfono vibró de nuevo. Otro mensaje del mismo número:
"No entres sola. Espera".
Tragué saliva. No sabía quién estaba detrás de esto. Pero fuera lo que fuera, estaba dirigido con precisión.
Y entonces, desde la puerta del reservado, se oyó un golpe: alguien la abrió desde dentro. Risas, pasos, el tintineo de una copa. La fiesta privada estaba a punto de desbordarse al pasillo.
Me puse de pie. Esta vez no iba a esconderme.
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