Celebré mi cumpleaños sola en una mesa preparada para seis mientras mi marido, mi mejor amiga y mi hermana compartían una aventura en secreto, hasta que un camarero me pasó una nota que decía: "Revisen sus teléfonos ahora" y, en cuestión de segundos, toda la sala quedó en silencio.

No tuve que ir a ellos. Ellos vinieron a mí.
Iván apareció primero, chaqueta en mano, con esa mirada segura que siempre usaba cuando quería controlar la historia. Claudia llegó detrás de él, arreglándose el pelo como si el espejo fuera más importante que el mundo. Y con ellos llegó mi hermana Sofía, con un vaso en la mano y la sonrisa lánguida de quien ha bebido lo justo para no pensar demasiado.

Los tres se detuvieron al verme de pie junto a mi mesa, con el teléfono en la mano.
El rostro de Iván cambió por una fracción de segundo: una grieta. Luego volvió a sonreír.

"Amor...", empezó. "Te iba a llamar". Claudia abrió la boca, como si estuviera a punto de quebrarse.

Una broma y salvar el día.

“Vale, vale, no te pongas tan nerviosa, ¿vale? Es tu cumpleaños, chica…” Levanté el móvil para que vieran la pantalla. No dije nada. No hacía falta. Sofía parpadeó.

“¿Qué es eso?” En ese mismo instante, varios móviles a nuestro alrededor volvieron a vibrar. Un hombre mayor en la mesa del fondo se levantó para ver mejor. Una chica grababa con su cámara frontal sin disimular nada. El restaurante ya no era un restaurante. Era un anfiteatro. Iván tragó saliva.

“¿Quién te ha mandado eso?” Miré a Claudia.

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