Los ojos de Claudia se abrieron de par en par, horrorizada.
“¡No!”, exclamó. “No es así. Iván me dijo…”. Iván la fulminó con la mirada. La verdad se reveló: no eran amantes. Eran socios. Y cuando uno cae, el otro lo impulsa.
Respiré hondo.
“Lo que pasa es muy simple”, dije con una voz sorprendentemente tranquila. “No voy a firmar nada. Y si ya has falsificado o manipulado documentos, mañana estará en manos de mi abogado”. Sofía, por primera vez, pareció despertar del alcohol.
"¿Vas a presentar una denuncia?"
"Voy a protegerme", dije. "A diferencia de ti, no lo hiciste".
Iván intentó acercarse de nuevo, suavizando la voz.
"Podemos hablar en casa".
"¿En la casa que ibas a vender con ella?", respondí. "No". Óscar le puso la mano delante, bloqueándole el paso sin tocarlo.
"Señor, le aconsejo que no intente intimidar a mi cliente. Todo lo que diga aquí podría acabar como prueba". Iván apretó la mandíbula. Claudia empezó a llorar, pero sus lágrimas se perdieron en él. Sofía miró al suelo.
Tomé mi copa de champán, levantándola una última vez.
"Feliz cumpleaños", me dije, y bebí.
El champán sabía exactamente a lo que había dicho al principio: a justicia. Pero ahora no era una palabra bonita. Era un proceso.
Pagué la cuenta. Dejé una propina al joven camarero que me había dado la servilleta. Y salí del restaurante con el teléfono en la mano, el frío aire de Barcelona en la cara y una nueva certeza: la vergüenza ya no era mía.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
