Valeria se quedó quieta un segundo, segura de que había entendido mal. En un lugar así, ese gesto era un pecado contra las reglas no escritas. Pero el hombre la miraba directo, sin morbo, sin interés, sin ese cálculo que ella reconocía en la gente que se le acercaba a diario. Solo humanidad.
Esteban, el maître, se inclinó y le susurró, casi ofendido:
—Señora, en unos minutos le conseguimos una solución. No es necesario… sentarse con ese tipo de gente.
Algo se encendió en Valeria, una chispa vieja que no era ira: era dignidad. Lo miró con una frialdad que había hecho temblar a secretarios de Estado y consejos directivos.
—Ese tipo de gente —dijo en voz clara— es exactamente con quien quiero pasar la noche. Si le molesta, busque otro trabajo.
Y caminó hacia la mesa del hombre de la camisa manchada, atravesando el restaurante mientras las miradas la seguían como si estuvieran viendo un truco de magia.
El hombre se presentó con un apretón de manos firme.
—Soy Mateo Cruz —dijo—. Y ella es Sofía.
—Valeria —respondió ella, sin apellidos, por primera vez en años.
Mateo no mostró sorpresa, ni preguntó nada más. Solo señaló la silla vacía.
—¿Tinto o blanco? —preguntó con una sencillez desarmante.
Sofía la miró como si hubiera aparecido un personaje de cuento.
—Tu vestido es el más bonito del mundo —soltó—. ¿Eres una princesa?
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