Valeria sintió que algo dentro de ella, algo endurecido por décadas, se aflojaba.
—No —rió, y la risa le salió real, sorprendiéndola—. Soy una mujer que trabaja demasiado… y que hoy se estaba olvidando de celebrar.
Mientras llegaban los primeros platos, la vida de Valeria, como un hilo que se tensa, recordó su origen. Había nacido en una familia de empresarios regiomontanos que hicieron fortuna en el textil durante los años de crecimiento. Su padre, Don Horacio Montoya, creía que el valor de una persona se medía en resultados. Su madre, Beatriz, era impecable y distante, más preocupada por las apariencias que por el abrazo.
Valeria creció entre lujos y frialdad. Aprendió pronto que, para que su padre la viera, debía ser excelente: las mejores calificaciones, la mejor universidad, un MBA en el extranjero. Cada logro era una moneda con la que intentaba comprar amor… pero el amor nunca se vendió ahí.
A los 35, cuando su padre murió de un infarto, ella tomó la empresa familiar y la transformó de un negocio textil en declive en un coloso tecnológico que fabricaba componentes para la industria automotriz global instalada en México. A los 42 aparecía en revistas, era invitada a foros internacionales, era cortejada por políticos y magnates. Pero cuando volvía a su departamento con vista a Reforma, solo la esperaba el silencio.
Había tenido relaciones, sí. Hombres atraídos por su poder, por su agenda, por el brillo. El último, Mauricio, abogado de “alto perfil”, la dejó tres meses antes. Después supo que tenía otra relación —más joven, más disponible, menos cansada. Y cuando su madre murió el año anterior, Valeria sintió que se le acababa el último argumento para creer en la familia.
Por eso estaba ahí. Porque no soportaba otra medianoche sola en casa. Porque quería, aunque fuera por una noche, sentir ruido humano alrededor.
Mateo, en cambio, venía de otro mapa. Nació en un pueblo de Oaxaca donde el cielo parecía más cerca. Su padre murió cuando él era adolescente, en un accidente de obra en la capital, y Mateo dejó la escuela para ayudar a su madre. Aprendió mecánica primero por necesidad, luego por talento. Llegó a la Ciudad de México con una mochila y la promesa de no rendirse.
A los 28, tras años de talleres ajenos, abrió el suyo en Iztapalapa: pequeño, digno, con el letrero pintado por él mismo. No se hizo rico, pero se hizo dueño de su destino. A los 30 conoció a Lucía, maestra de primaria, cuando ella llevó un coche viejo que se apagaba en los semáforos. Mateo se enamoró de su sonrisa antes de saber su nombre. Fueron felices, profunda y sencillamente felices, en un departamento pequeño donde el amor ocupaba más espacio que los muebles.
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