Tuvieron a Sofía. Y luego llegó el cáncer, silencioso y brutal. En dieciocho meses, Lucía se fue, dejando a Mateo con una niña que preguntaba cada noche cuándo volvería su mamá. Dos años después, Mateo seguía aprendiendo a ser padre y madre: a cocinar, a peinar trenzas, a fingir fortaleza cuando por dentro se rompía.
Esa noche, había decidido gastar en Casa Caimán lo que normalmente ganaba en una semana. Quería que Sofía recordara un Año Nuevo bonito. No imaginaba que la vida le iba a devolver algo más grande.
La cena avanzó como si el tiempo hubiera bajado el ritmo. Mateo hablaba de su taller, de clientes que se volvían amigos, de la satisfacción de arreglar algo que parecía imposible. Contó historias de su madre, de la primera vez que Sofía le pidió que no llorara cuando la escuchó rezar por Lucía, de cómo había aprendido a guardar el dolor en el bolsillo para poder cargar a su hija en brazos.
Sofía enseñó dibujos: un sol enorme y una figura con alas que, dijo con naturalidad, era su mamá cuidándolos desde arriba. Valeria sintió un nudo en la garganta. Sin darse cuenta, terminó hablándoles de Canela, su perrita de la infancia, el único ser que la esperaba con alegría en aquella casa tan grande. Fue la primera vez en años que contó eso sin sentir vergüenza.
Y entonces llegó la medianoche.
Las pantallas del restaurante mostraron el conteo desde el Zócalo. Los meseros repartieron copas de sidra y platos con doce uvas. La gente se puso de pie, lista para pedir deseos en silencio, como si el mundo pudiera escuchar.
En la tercera uva, un grito cortó el ambiente.
Una mujer en una mesa cercana se llevó las manos al cuello. Sus ojos se abrieron en pánico. No podía respirar.
Por un segundo, el salón entero se congeló. La música se apagó en la mente de todos. Nadie sabía qué hacer. Nadie se movía, como si el lujo también paralizara.
Mateo fue el primero.
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