CEO Millonaria Sola No Consigue Mesa En Año Nuevo — Un Mecánico Pobre Se Levanta Y Le Hace Señas

Corrió, rodeó la mesa, sostuvo a la mujer desde atrás y aplicó la maniobra con precisión, una, dos veces. La uva salió disparada, la mujer tosió con violencia y, al fin, respiró. La sala estalló en murmullos, luego aplausos nerviosos.

Valeria, sin pensarlo, se agachó junto a la mujer, le sostuvo la mano, le habló suave, como si hubiera practicado la ternura toda la vida.

—Ya pasó. Respire conmigo. Uno… dos…

Cuando el susto bajó, alguien dijo en voz baja, sorprendido:

—Es la esposa del inversionista japonés… el que viene a firmar con MontoyaTech.

Valeria levantó la vista. El hombre, pálido, inclinó la cabeza hacia Mateo con gratitud.

—Nos salvó… —balbuceó.

Y entonces pasó lo inesperado.

Esteban, el maître, se acercó temblando. Ya no tenía esa sonrisa rígida. Miró a Valeria, luego a Mateo, y tragó saliva.

—Señora Montoya… yo… —su voz se quebró—. Su mesa… no fue un error. Me pagaron para dársela a otro. Fue… fue Mauricio. Dijo que necesitaba “bajarle el orgullo” antes de la firma de mañana. Yo… yo acepté.

El restaurante volvió a quedarse en silencio, pero ahora era un silencio distinto: el de la verdad.

Valeria sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Mauricio. Siempre tan correcto en público, tan cruel en privado. De pronto, la humillación de la entrada dejó de ser una anécdota y se convirtió en una jugada sucia, diseñada para romperla en la noche más vulnerable del año.

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