Mateo la miró, no con lástima, sino con una calma firme, como quien dice sin palabras: aquí estoy.
Valeria respiró hondo. Podía explotar. Podía humillar a Esteban, hacer una llamada, destruir carreras. Era fácil. Era lo que el mundo esperaba de ella.
Pero esa noche estaba aprendiendo otra clase de poder.
—Gracias por decirlo —respondió al fin—. Mañana, ese plan no le va a funcionar a Mauricio.
Y volvió a su mesa.
Cuando sonaron las últimas campanadas del conteo, Valeria alzó su copa con Mateo.
—Por los lugares donde uno menos espera encontrar hogar —dijo.
Mateo chocó su copa con la de ella.
—Y por la gente que se atreve a hacer una seña —añadió.
Sofía, medio dormida, murmuró:
—¿Entonces sí eras princesa…? Pero de las buenas.
Valeria sintió que se le humedecían los ojos, y no le importó.
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