CEO Millonaria Sola No Consigue Mesa En Año Nuevo — Un Mecánico Pobre Se Levanta Y Le Hace Señas

En las semanas siguientes, Valeria encontró mil pretextos para verlos. Llevó su camioneta al taller por “un ruidito” que nadie más escuchaba. Pasó por Sofía a la salida de la escuela. Los invitó a cenar a su departamento y cocinó —mal, pero con ganas— por primera vez en años. Mateo, por su parte, luchaba con dudas: ¿qué podía querer una mujer como ella de un mecánico como él? Hasta que la veía sentada en el piso jugando con Sofía, riéndose sin máscara, y entendía que Valeria no era su apellido, ni su bolsa, ni su cargo. Era una mujer que también necesitaba ser vista.

La firma del contrato llegó… y Mauricio intentó su última jugada. Pero Valeria ya tenía la confesión de Esteban por escrito y, sobre todo, tenía algo más fuerte que la venganza: claridad. Sacó a Mauricio de su vida y de cualquier sombra que quisiera poner sobre su empresa. No con escándalo, sino con una decisión limpia, definitiva, sin volver la vista atrás.

El primer beso entre Valeria y Mateo ocurrió un sábado, en el taller, con la cortina medio bajada y el olor a aceite en el aire. Valeria se manchó la mejilla con grasa sin darse cuenta. Mateo se rió y, con una ternura que no pidió permiso, le limpió la mancha con el pulgar. Se miraron. Y el mundo se quedó quieto.

Un año después, se casaron en el patio del taller. No en una catedral, no con mil invitados, no con un vestido imposible. Valeria llevaba uno blanco, sencillo, y una sonrisa que antes no sabía usar. Mateo se puso el primer traje elegante de su vida. Sofía decoró el lugar con flores y lucecitas, orgullosa como si hubiera organizado el universo.

En el brindis, Mateo dijo algo que nadie olvidó:

—Esa noche, mi hija me enseñó que nadie debería estar triste en Año Nuevo. Y yo solo hice caso. Lo demás… fue el regalo más grande.

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