Valeria lloró, y no le importó que el maquillaje se corriera. Lloró porque por fin entendía qué era la riqueza: una mesa compartida, una mano que se levanta, una niña que no juzga, un amor que no cobra.
Tres años después, la vida de Valeria era irreconocible. Dejó la dirección diaria de la empresa y creó una fundación para jóvenes de barrios humildes que querían aprender un oficio: mecánica, electrónica, programación. Mateo siguió con su taller, sin querer convertirlo en imperio. A veces Valeria le pasaba herramientas; descubrió que se le daba bien cambiar llantas y, más difícil aún, pedir ayuda.
Sofía tenía once años y una hermanita pequeña de dos: Lucía, como la mamá que ya no estaba, pero que —de alguna forma— seguía presente en la forma en que esa familia aprendió a amarse.
Cada Año Nuevo volvían a Casa Caimán. No por el lujo, sino por el origen. Esteban seguía ahí, recibiéndolos con una sonrisa tensa, pero ya sin desprecio. Valeria le dejaba una propina generosa. No para humillarlo. Para recordarle —y recordarse— que las personas no se miden por la ropa, sino por lo que hacen cuando alguien se está cayendo.
Y cada vez que Sofía veía a Valeria con un vestido rojo, le guiñaba un ojo y decía:
—Mi mamá era una princesa triste… hasta que nos encontró.
Valeria la abrazaba, mirando a Mateo, y pensaba que, al final, el Año Nuevo no había llegado con fuegos artificiales ni contratos: había llegado con una silla vacía en una mesa humilde, y una seña hecha a tiempo.
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