"Cinco modelos famosas competían por su fortuna, pero el niño prefirió a la limpiadora: El secreto que los ojos del pequeño descubrieron"....-kimthuy

Eduardo Mendoza vivía rodeado de un lujo que eclipsaba el sol de Marbella, pero su corazón habitaba un desierto de mármol frío donde el eco de la soledad resonaba siempre.

Su hijo Diego, de apenas seis años, era el heredero de un imperio inmobiliario global, sin embargo, sus ojos buscaban algo que ningún fajo de billetes podía comprar en secreto.

La muerte de su madre lo dejó huérfano de caricias genuinas, atrapado en una jaula de oro donde las niñeras rotaban con la misma rapidez que los contratos de su padre.

Eduardo, acostumbrado a resolver crisis con chequeras, diseñó un plan tan absurdo como extravagante: permitiría que su pequeño hijo eligiera a su futura madre entre un grupo de candidatas.

Cinco mujeres espectaculares llegaron a la mansión aquel domingo, portando vestidos de alta costura, sonrisas ensayadas frente al espejo y currículos diseñados para impresionar al hombre más rico de España.

Eran modelos internacionales con millones de seguidores, acostumbradas a los flashes y al lujo extremo, viendo en Diego simplemente el puente necesario para acceder a la inmensa fortuna de Mendoza.

Eduardo observaba desde la terraza, convencido de que la belleza y la sofisticación ganarían la partida, ignorando que el alma de un niño percibe frecuencias que los adultos han olvidado ya.

Las modelos intentaron ganarse al pequeño con juguetes electrónicos de última generación, promesas de viajes a Disney World y dulces importados que Diego miraba con una cortesía distante y triste.

Mientras tanto, en la cocina de la villa, Carmen García terminaba de hornear unas galletas sencillas, cuyo aroma a canela y hogar se filtraba por las rendijas de las puertas doradas.

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