"Quiero que sea ella, papá", sentenció Diego con una claridad que dejó a las modelos mudas de indignación y a Eduardo Mendoza paralizado por una revelación que no esperaba recibir.
Las candidatas protestaron con elegancia herida, alegando que una simple empleada no estaba a la altura del linaje Mendoza, pero Eduardo ya no las escuchaba, miraba la escena con otros ojos.
Vio cómo Carmen se arrodillaba para quedar a la altura del niño, limpiándole una pequeña mancha de chocolate de la mejilla con una ternura que ninguna modelo había mostrado antes.
Eduardo sintió una punzada de vergüenza al comprender que había intentado comprar un sentimiento sagrado. El amor no era una inversión inmobiliaria ni un contrato que se pudiera firmar hoy.
Carmen intentó retirarse, pidiendo disculpas por la confusión, pero Eduardo la detuvo con un gesto firme. Sus ojos se encontraron y, por primera vez, él vio a la mujer, no al uniforme.
Descubrió en su mirada la misma fuerza que él tuvo cuando empezó desde abajo, pero con una bondad que su éxito financiero le había arrebatado cruelmente a lo largo de los años.
Las modelos abandonaron la villa en una procesión de tacones ruidosos y resentimiento, dejando atrás un silencio que empezaba a llenarse con el calor humano que la casa tanto necesitaba.
Aquella noche, la cena no fue servida por camareros de guante blanco. Eduardo, Diego y Carmen compartieron una mesa sencilla, donde las risas de un niño rompieron el hechizo del mármol.
Eduardo despidió a la agencia de modelos y comenzó a cortejar a Carmen con la humildad de un hombre que reconoce que ha encontrado el tesoro más grande de su vida entera.
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