No fue un camino fácil, pues Carmen no se dejaba deslumbrar por los diamantes. Ella exigía respeto, tiempo y una presencia real de Eduardo en la vida cotidiana de su hijo.

El magnate aprendió a cancelar reuniones importantes para asistir a los partidos de fútbol de Diego, descubriendo que un gol de su hijo valía más que un cierre de mercado bursátil.
La mansión de Marbella dejó de ser una vitrina de arquitectura para convertirse en un hogar donde los juguetes estaban esparcidos por el suelo y el aroma a galletas era constante.
Años después, la boda de Eduardo y Carmen no fue un evento social de portada, sino una ceremonia privada donde el padrino fue un Diego radiante, orgulloso de su nueva familia.
La historia del niño que eligió a la empleada sobre las modelos se convirtió en una leyenda local, recordándole a todos que el corazón infantil es el juez más sabio del mundo.
Carmen nunca dejó de ser la mujer sencilla de Córdoba, pero ahora usaba su influencia para gestionar las fundaciones benéficas de Eduardo, llevando esperanza a los niños menos afortunados hoy.
Eduardo Mendoza entendió finalmente que la verdadera riqueza no reside en poseer tierras o barcos, sino en tener a alguien que te mire con amor cuando te quitas el traje caro.
Diego creció sabiendo que la belleza que importa es la que habita en los actos cotidianos. Su elección salvó a su padre de la frialdad y le devolvió la infancia perdida.
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