Epílogo. Dos monedas y la simple verdad
En verano, Antonina Savelyevna estaba sentada junto a la ventana de su nuevo apartamento. Los niños jugaban en el jardín. Dos monedas de cobre yacían sobre la mesa, dentro de un pequeño frasco de vidrio, como recuerdo.
Yegor llamaba a menudo:
"Abuela Tonya, ¿cómo tienes la presión?"
Stepan venía con menos frecuencia, pero siempre traía pan, calentito como la palma de la mano.
A veces Antonina se preguntaba: ¿y si simplemente hubiera pasado por allí? ¿Y si hubiera dicho: "No es asunto mío", como tantos otros?
Y cada vez, una simple respuesta resonaba en su interior: entonces no habría panadería, ni "Savelyevna", ni estos dos hombres adultos que sabían recordar la bondad.
Esa noche, recibió un mensaje:
"Pasaremos mañana. Y una cosa más... queremos que estés con nosotros en una celebración familiar. Eres nuestra abuela. De verdad".
Antonina sonrió y dijo en voz baja, en la habitación vacía:
"Bueno, Savelyevna... Has vivido para verlo".
Y abajo, en la entrada, el sol brilló un instante sobre la carrocería negra del coche, y el mundo se volvió un poco más honesto.
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