Antonina venía dos veces por semana con pasteles, calcetines y cuadernos. No los mimaba. No les decía: "Pobrecitos". Les decía:
"Estudien. Porque nadie les dará una segunda oportunidad".
Stepan asintió. Yegor estaba estudiando a fondo.
Un día, Antonina trajo un viejo libro: "Repostería casera". Contenía recetas sencillas, soviéticas.
"Esto es para ti", dijo. "Ya que sueñas con una panadería".
Stepan tomó el libro con cuidado, como un icono.
"Lo abriremos", dijo.
"Lo abrirás", asintió Antonina. "Pero no por rabia. Por falta de trabajo".
El orfanato fue una montaña rusa. Pero los gemelos sobrevivieron. Encontraron la manera de prosperar: la escuela, los deportes, una rutina estricta. Crecieron como si estuvieran unidos por un resorte de acero invisible.
Cuando cumplieron dieciséis años, Antonina llegó y vio a Stepan, una cabeza más alto que ella, con los hombros anchos. Yegor sonreía; por primera vez en mucho tiempo, de verdad.
"Encontramos un taller", dijo Yegor. "Una panadería. Nos está contratando como trabajadores a tiempo parcial".
Antonina apretó los labios para contener las lágrimas.
"Bien hecho", dijo en voz baja. "Pues adelante".
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