Y, sin embargo, en el fondo, tenía miedo: la vida a menudo destroza a quienes maduran demasiado pronto.
Etapa 5. Pasaron los años: cartas, silencio y mala salud.
Luego se fueron a estudiar. Primero la escuela técnica, luego los cursos, luego el trabajo. Antonina recibía postales y llamadas ocasionales de ellos:
"Abuela Tonya, estamos vivos. Trabajamos. Recordamos".
Sonrió al teléfono:
"Recordar no es suficiente. Hay que vivir".
Y se estaba haciendo mayor. Le dolían las rodillas. Su presión arterial fluctuaba. El mercado estaba cambiando: los puestos fueron reemplazados por quioscos, las mujeres por emprendedoras con sellos.
Vasily Kuzmich seguía deambulando por el mercado, sin dejar de sisear:
"Has vivido para verme, Antonina. ¿Y dónde están tus hijos sin hogar?".
No respondió. Se avergonzaba, no de sí misma, sino de que ese hombre nunca hubiera aprendido a ver a la gente.
Entonces Antonina sufrió un pequeño derrame cerebral. No es para tanto, le dijeron los médicos: "Cuídate". ¿Pero quién se cuida cuando hay que vivir?
Rara vez salía. Ya no podía vender. Su pensión era escasa. A veces compraba patatas y se preguntaba si recordaban el sabor de aquellas patatas hervidas.
Y entonces, un día, a finales de septiembre, recibió una llamada de un número desconocido.
"¿Antonina Savelyevna?", preguntó una voz masculina.
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