“Sí, hijo mío. No te preocupes. Yo me encargo de prepararlo todo.”
Colgué y me quedé inmóvil en medio de la sala. Miré las paredes recién pintadas, las cortinas que yo misma había cosido, el dormitorio principal donde por fin había dormido sin llorar. Algo dentro de mí se endureció, como el yeso que se seca y ya no se puede remodelar.
Trabajé sin parar durante tres semanas antes de que llegaran. Moví muebles, vacié armarios, desmonté cosas que había armado con ilusión. Cuando por fin aparcaron frente a la casa y salieron riendo, yo ya estaba sentada en el porche, esperándolos.
“¡Mamá!”, gritó Álvaro, cargando con las maletas. “¡Qué ganas tenemos de ver la casa!”.
Abrí la puerta y los dejé entrar primero.
No tardaron ni diez segundos en dejar de sonreír.
Parte 2
Entraron todos hablando a la vez, los niños corriendo por el pasillo y Laura observando el espacio con esa expresión silenciosa y evaluadora que siempre me había incomodado. Pero cuando giraron a la izquierda, donde solía estar la gran sala de estar con vistas al mar, se quedaron paralizados.
La pared que separaba la sala de estar del dormitorio principal había desaparecido. También la suite. En su lugar había un espacio abierto con seis camas individuales perfectamente alineadas, mesitas de noche idénticas y lámparas de lectura fijadas a la pared. Todo blanco, funcional, sin rastro de decoración personal.
"¿Qué es esto?", preguntó Laura, frunciendo el ceño.
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