"Las habitaciones", respondí con calma. "Pensé que, como venían tantos, sería mejor organizar el espacio de forma práctica. Así, cada uno tendría una cama".
Álvaro me miró confundido.
"Pero... ¿dónde está tu habitación?"
Señalé hacia el final del pasillo.
"Ahí. La pequeña".
La misma que me había asignado por teléfono.
Bajamos hasta allí. Había una cama sencilla, una cómoda vieja y una pequeña ventana que daba al patio interior. Tal como lo había descrito.
“Mamá, no tenías que…”, empezó.
Lo interrumpí con suavidad.
“Claro que sí. Dijiste que lo importante era que todos estuvieran cómodos. Me adapto a cualquier lugar.”
Nadie respondió. Los padres de Laura intercambiaron una mirada incómoda. Los niños, ajenos a la tensión, preguntaron dónde podían dejar sus mochilas.
Regresamos al espacio principal. Donde antes estaba mi sofá favorito, ahora había una gran mesa plegable con sillas apilables.
“¿Y la sala?”, preguntó Laura.
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