Det el auto, negra. Hoy no vas a ir a ningún lado. Te voy a enseñar lo que hacemos con los negros en este lugar. Gritó el oficial mientras pinchaba las llantas del auto de la mujer negra, sin saber con quién se estaba metiendo y el infierno que estaba a punto de vivir. El sol caía fuerte sobre la carretera secundaria, calentando el asfalto. No había mucho tráfico, solo el zumbido constante del motor viejo de un sedán gris que avanzaba sin prisa.

Tasha Mitchell, una mujer de piel oscura, llevaba gafas de momesintos sol y expresión tranquila. regresaba a casa después de un viaje largo. Llevaba la ventanilla bajada, dejando entrar el olor a hierba seca y el aire fresco. En el espejo retrovisor, un coche patrulla la seguía desde hacía rato. Primero pensó que sería coincidencia, pero cuando redujo la velocidad para dejarlo pasar, este aceleró y se colocó peligrosamente cerca de su parachoques. Asha suspiró, encendió el intermitente y se apartó hacia un arsén polvoriento.

El agente que se bajó del vehículo tenía la piel curtida, esa media sonrisa que no transmitía cordialidad, sino dominio. Buenos días. O debería decir que mala suerte tiene. Soltó apoyando un brazo sobre la puerta. ¿Hay algún problema, oficial?, preguntó Tasha con voz firme. Problema. Ninguno todavía, contestó él, dejando que sus ojos recorrieran su rostro con descaro. ¿De dónde vienes? De visitar a mi madre. Claro, esta carretera no es muy segura para gente como tú, murmuró el oficial con un tono cargado de escepticismo.

Tasha lo miró sin parpadear. Antes de que pudiera decir nada, el oficial, sin decir más, se alejó hacia la parte trasera del coche. Ella lo siguió con la vista por el espejo lateral hasta que vio algo que le hizo apretar los puños. Él sacaba una navaja del bolsillo y de prento, el aire escapó del neumático con un silvido agudo. “Oiga, ¿qué demonios está haciendo?”, exclamó Tasha saliendo del coche bajo el sol abrazador. “Ups, parece que tenías una fuga”, dijo él encogiéndose de hombros.

“Tendrás que esperar a la grúa.” Ella sintió la rabia como un golpe seco en el pecho. Lo que ardía más era la humillación. Miró alrededor. Nada de tráfico, solo un campo seco, unas vallas oxidadas y el zumbido de las cigarras. Él lo sabía y se notaba que lo estaba disfrutando. El agente dio un paso hacia ella con una sonrisa que apestaba a burla. Así aprenderás a no pasar por aquí y mucho menos en mi guardia. Tasha apretó la mandíbula, inspiró hondo, conteniendo algo que quería salir.

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