Creyó que era una víctima fácil… pero era la comandante más temida…

Se iba a subir al auto para llamar a la grúa. Apenas había terminado de cerrar la puerta cuando escuchó de nuevo ese sonido que le heló la sangre. giró la cabeza y vio al oficial inclinado sobre la rueda delantera con la navaja en la mano brillando bajo el sol. Otro neumático muerto. “¿Está loco? ¿Qué te pasa?”, gritó saliendo del auto nuevamente y avanzando un paso. “Tranquila, negra”, dijo él levantando la vista con una sonrisa torcida. “Solo me estoy asegurando de que no sigas corriendo por ahí causando problemas.

Ustedes son muy peligrosos cuando no se les ponen límites. Ella sintió como el calor del asfalto le subía por las piernas. ¿Ustedes? Repitió con voz tensa. Sí, ustedes, los malditos negros, siempre metidos en líos. Son una pestepara este país. Dijo, como si estuviera hablando del clima o de una enfermedad mortal. Antes las cosas eran más fáciles cuando las tratábamos como lo que son unas simples esclavas. Tasha apretó los dientes. Le exijo, oficial, que me muestre su placa.

Oh, claro, rió él, guardando la navaja y golpeando el bolsillo con dos dedos. Pero primero voy a tener que requisarte. No vaya a ser que escondas algo. Ella lo miró con frialdad. Yo no tengo nada que ocultar, eso lo decidiré yo. Anda, apoya las manos en el capó, ordenó su voz cargada de esa autoridad sucia que no busca justicia, sino poder. Y sentía que lo estaba consiguiendo. Tasha no se movió hasta que volvió a escuchar la voz del oficial.

“Mueve esos pies, negra. No tengo todo el día”, dijo dando una palmada amenazante y seca al capó. Ella avanzó hasta el frente del coche, sintiendo sus pasos como un tambor lento. Él se colocó detrás, tan cerca que podía sentir, su sombra cortándole la luz. “Ya ves como este país estaría mucho mejor sin gente como tú. Pero por lo menos los tenemos para divertirnos un rato”, susurró mientras su mano bajaba hacia su cinturón como si buscara algo. El silencio de la carretera era absoluto.

Ni un coche, ni una voz, ni un testigo. El metal del capó estaba tan caliente que casi quemaba las palmas de Tasha cuando apoyó las manos. “Mira esto, así es como tiene que ser”, murmuró él. dejando que su sombra la cubriera por completo. Nunca he entendido por qué los negros se creen con derecho a andar libres por cualquier lugar como si fueran iguales a nosotros. En ese momento se detuvo justo detrás de ella. Su voz ronca y cargada de desprecio le rozó la oreja.

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