Creyó que era una víctima fácil… pero era la comandante más temida…

El sol seguía ardiendo en lo alto cuando la grúa apareció levantando una nube de polvo al frenar junto al sedán. El conductor bajó del vehículo y dio un vistazo rápido. Dos llantas reventadas. Eso no fue un bache”, comentó agachándose para revisarlas. Tasha no contestó. Seguía asimilando lo que había vivido hace unos cuantos minutos. Solo se limitó a observar la carretera vacía. “Subiré tu coche y lo llevamos al taller del pueblo. Ahí te lo arreglan en unas horas”, dijo el gruista acomodando las cadenas.

En la grúa, el trayecto fue silencioso. Tasha solo miraba por la ventanilla con la vista perdida en los campos secos y las cercas oxidadas. En el taller, el mecánico levantó una ceja al ver las llantas destrozadas. Esto no es desgaste. Alguien las cortó. Tasha solo asintió. arregle las dos, no importa lo que cueste. Mientras las reparaban, se sentó en una silla junto a la pared, sin apartar la vista de su coche. No movía las piernas, no revisaba el teléfono, solo esperaba.

Al caer la tarde, el coche estaba listo, pagó el arreglo y condujo hasta su casa. El silencio en el interior del sedán contrastaba con el eco de sus propios pensamientos. Apenas entró, dejó las llaves sobre la mesa, encendió el portátil y escribió el nombre que llevaba grabado en la memoria junto con el número de placa, Bradley Harks. En la pantalla aparecieron artículos de prensa, algunas fotos de eventos comunitarios, registros de la comisaría local, siempre esa sonrisa arrogante.

Por otro lado, en algún lugar, Bradley Harkins cenaba tranquilo, seguro de que todo había terminado, convencido de que solo había sumado otra humillación a su lista. Y cualquiera que viera a Atasha podría pensar que lo dejaría pasar, que él quedaría impune, que nada cambiaría. Pero sus ojos fijos en la pantalla decían lo contrario. A la mañana siguiente, Tasha llegó a su trabajo antes de que el sol terminara de salir. Al entrar, se encontró con un grupo de hombres y mujeres que estaban tomando café y revisando informes.

Reunión. Ahora dijo Tasha. Sin levantar la voz con un tono de autoridad. Tasha encendió el proyector y en la pantalla apareció una foto. Sargota Bradley Harkins. Nombre: Bradley Harkins, sargento de la policía del condado. Quiero todo sobre él, ordenó. Historial de servicio, denuncias, movimientos bancarios, redes sociales, familia, amistades, todo. Una mujer de cabello corto levantó la vista de su portátil. ¿Algún motivo que debamos saber, comandante? No por ahora. El motivo es que lo necesito, respondió Tasha, clavando sus ojos en ella.

Y lo necesito ya. Tasha caminaba lentamente entre las mesas, observando cada pantalla, cada avance. No quiero cabos sueltos. Este tipo cree que está fuera del alcance de cualquiera. Vamos a demostrarle que no lo está. En un rincón alguien levantó la mano. Aquí hay algo. Tiene dos denuncias por abuso de autoridad, ambas cerradas sin investigación. Guárdalo dijo Tasha. Eso es solo el principio. Mientras las piezas empezaban a encajar, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios. Bradley Harkins no tenía ni idea de lo que se acababa de poner en marcha.

Tres días después, en la comisaría del condado, el ambiente olía a café viejo y papeles húmedos. Bradley Harkins estaba sentado en su escritorio repasando un informe a medias cuando un joven agente dejó un sobre grande encima de su mesa. “Viene del departamento de asuntos internos”, dijo el novato evitando su mirada. Bradley frunció el ceño, rasgó el sobre y comenzó a leer. Su mandíbula se tensó. Era una notificación oficial, denuncia formal por abuso de autoridad, daños a propiedad privada y registro ilegal.

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