Ese pensamiento me quita el sueño.
Empecé a colaborar como voluntaria con grupos de apoyo hospitalario, trabajando en cambios de políticas, impulsando un control de acceso más estricto en las salas de maternidad. El nombre de Evan ahora figura en una de esas políticas.
Daniel envía tarjetas de cumpleaños. No las contesto.
Margaret escribe cartas desde la cárcel. No las abro.
La gente me dice que soy fuerte.
No me siento fuerte.
Me siento despierta.
Y cada vez que veo un carrito de enfermeras rodando por un pasillo, recuerdo el momento en que un niño de ocho años dijo la verdad, incluso cuando ya era demasiado tarde para salvar a su hermano.
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