No pertenecía a su círculo.
Fuera de su mundo.
Demasiado simple, demasiado real, demasiado vivo.
Su madre, Elizaveta Petrovna, era una mujer de modales impecables y una lengua venenosa.
No gritaba.
No insultaba abiertamente.
Destruía con suavidad, como un médico que corta sin anestesia, pero con una sonrisa.
Cada palabra que pronunciaba era como una aguja.
"Ay, Rita, ¿has vuelto a mezclar las especias?"
"Claro, tienes las manos en el lugar equivocado..."
"Pobre hijo mío, ¿en quién te has metido..."
Al principio, Margarita intentó no oír.
Luego, no entender.
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