Risas.
Tranquilas, pegajosas.
No todos rieron, pero nadie protestó.
Margarita sintió que algo se le encogía por dentro.
Como si su corazón se hubiera hundido en agua helada.
Miró a su marido.
Alexey estaba sentado, mirando su teléfono.
Oía.
Siempre oía.
Pero nunca interfería.
Porque era más fácil dejar que su madre destruyera a su esposa que arriesgarse a su ira. No fue la primera humillación.
Ni la décima.
Pero en ese momento, algo murió en Margarita.
Y algo nació.
Ya no quería ser una víctima.
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