Cuando la paciencia se acaba

Mientras ella rompía huevos, Gleb se sentó a la mesa y la observó.
Anna sintió esa mirada en sus ojos: un poco de culpa, un poco de admiración.
Y por primera vez en mucho tiempo, no irritada.

"¿Sabes?", dijo tras una pausa, "te veías... segura. Un poco intimidante, incluso".
"Intimidante es cuando tu suegra está en el dormitorio con una maleta", rió entre dientes. "Todo lo demás son tonterías".

Sonrió. De verdad, como antes.
Y Anna comprendió de repente: tal vez todo realmente estará bien.

Capítulo 2. Volviendo a ti mismo
Pasó una semana.
La casa pareció respirar aliviada.
Las cosas estaban en su lugar, nadie comentó sobre la cantidad de sal en la sopa, nadie alisó el mantel.
Incluso el refrigerador parecía zumbar más suavemente.

Anna trabajaba en el turno de día, Gleb teletrabajaba. Esa noche, vieron una película, discutieron sobre quién lavaría los platos y comieron helado directamente del cubo.
Tal como lo habían soñado al principio.

Pero el vacío persistía.
No del tipo que preocupa, sino del que les recuerda que todo es frágil.

Una noche, Gleb dijo:
"Mamá no ha llamado en tres días".
"Quizás esté ocupada", dijo Anna con indiferencia.
"No", sonrió con ironía. "Eso significa que está pensando en una estrategia".

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