Hizo una mueca.
"Y... no quise..."
"Lo sé."
"Solo está... preocupada."
"Que se preocupe. Pero no por ti. Tenemos un hogar y ella tiene su propia vida. Eso no se superpone."
Gleb se hundió en el sofá y guardó silencio un largo rato. Luego dijo en voz baja:
"Hablaré con ella."
Y, por primera vez, lo hizo.
Al día siguiente, llamó a su madre en presencia de Anna. La conversación fue breve pero áspera.
Anna no oyó las palabras, solo el tono. Y eso fue suficiente.
Después de la llamada, la abrazó, como si temiera que desapareciera.
"He elegido", dijo. "No te pedí que eligieras", respondió ella. "Te pedí que entendieras dónde está nuestro hogar".
Él asintió. Y pareció entender.
Capítulo 8. Un nuevo ritmo
La vida cobró ritmo.
Anna empezó a reír con más frecuencia y Gleb empezó a llevarle café a la cama por las mañanas.
Fueron a Tula el fin de semana, comieron pan de jengibre y pasearon por el malecón.
Y por primera vez en muchos meses, no hablaron de "mamá", sino simplemente de la vida.
Anna a veces se preguntaba: ¿y si esta calma era temporal?
Pero entonces miró a Gleb —tranquilo, un poco peludo y cariñoso— y se dio cuenta: no. Simplemente habían crecido.
Capítulo 9. Una pequeña victoria
Tres meses después del "gran éxodo", Lidiya Arkadyevna se autodenominó.
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