Cuando la paciencia se acaba

Se quedaron allí un buen rato, en el silencio matutino, donde no había lugar para voces desconocidas.

Epílogo
Dos años después, el sonido de las risas de los niños regresó a la casa: su hijo, Yegor.

Lydia Arkadyevna venía de visita una vez por semana, trayendo sopa y calcetines, pero ya no abría los armarios de los demás.
Anna la invitó a un café, y ambos sonrieron, con sinceridad.

Gleb a veces recordaba aquella mañana en que todo empezó: Anna en la ventana, su suegra en el umbral, los gritos y el silencio que siguió. Y cada vez, pensaba que quizá fue entonces cuando su familia nació de verdad, no por amor, sino por la lucha por ella.

Pero Anna lo tenía claro:
A veces, para construir una casa, primero hay que poner una puerta.
Y cerrarla desde dentro, no para protegerla de nadie, sino para uno mismo.

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