Alejandro estuvo ausente durante casi veinticuatro horas.
Para la mayoría de la gente, eso no habría significado nada. Pero Lucía lo conocía bien; nunca se apartaba de algo que consideraba suyo. Si desaparecía, era porque estaba tramando algo entre bastidores.
Carmen Ruiz fue la primera en notar el cambio. Tras un discreto ajuste en el plan de tratamiento de Lucía, los resultados de laboratorio empezaron a mejorar. Los valores hepáticos, que habían estado subiendo peligrosamente, se estaban estabilizando. No fue drástico, pero contradecía directamente la advertencia anterior de que no tenía "más de tres días".
"Esto no tiene sentido", murmuró el médico de cabecera, estudiando el monitor. "Si el daño fuera irreversible, no veríamos este tipo de respuesta".
Carmen y Lucía intercambiaron una mirada. El patrón se estaba aclarando.
Alejandro regresó al día siguiente, impecablemente vestido, con su habitual colonia refinada y la expresión de preocupación cuidadosamente ensayada que tan bien mostraba en público.
"¿Cómo está?", preguntó en la enfermería.
“Estable”, respondió Carmen con serenidad.
Una ligera tensión en su mandíbula lo delató, aunque lo disimuló rápidamente. Lucía lo notó al entrar en su habitación.
“Cariño…”, dijo con dulzura, acercándose a su cama. “Te ves pálida”.
Lucía respiraba superficialmente, con los ojos apenas abiertos.
“Estoy cansada”, murmuró.
Él se acercó.
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