Cuando me casé con mi vecino de 80 años solo para proteger su casa de sus familiares que intentaban quitársela todo, pero esa decisión nos dio una familia que ninguno de los dos esperaba.

"Señora Holloway", bromeaba, "¿podría prepararme otra taza?".

"Ser su esposa en el papel no me convierte en su asistente", respondía, riendo mientras la servía de todos modos.

Cuando la amistad cambió silenciosamente
Algo cambió con el tiempo, no de repente, ni de forma drástica, sino con suavidad, como las estaciones. Hablábamos más. Nos quedábamos más tiempo. Compartimos recuerdos que no se habían expresado en voz alta en décadas.

Él no era frágil. No se desvanecía. Estaba presente, atento y sorprendentemente cálido.

No explicaré cómo se difuminaron las fronteras. Hay cosas que no necesitan detalles. Lo que importaba fue que una mañana, de pie en el baño, mirando un examen en mi mano temblorosa, supe que mi vida había entrado en un territorio que nunca imaginé.

Tres pruebas lo confirmaron.

Estuve sentada a la mesa de la cocina una hora antes de ir a la casa de al lado.

Un silencio, luego risas
"Walter", dije con voz temblorosa, "Necesito decirte algo".

Me miró, inmediatamente serio.
"¿Te contactaron de nuevo?"

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