"No", dije en voz baja. "Estoy esperando un bebé".
No habló. Pasaron unos segundos. Luego más. Conté sus respiraciones.
Y entonces se rió, fuerte y alegre, de esa manera que llena una habitación.
"¿A mi edad?", dijo, poniéndose de pie, aplaudiendo. "Todavía lo tenía dentro".
Lloré y reí al mismo tiempo, abrumada por lo mal y bien que todo se sentía.
Un año que nunca esperé
Ese año transcurrió lenta y extrañamente, lleno de una ternura para la que no estaba preparada. Walter adaptó sus rutinas a mi gusto, dejando bocadillos preparados cuando se dormía temprano, frotando mis pies cansados por las noches, hablándole suavemente a mi creciente barriga como si se presentara.
"Soy mayor", decía con dulzura, "pero te amaré con locura".
Cuando llegó nuestro hijo, Elliot, Walter lo abrazó con manos temblorosas, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
"Gracias", susurró. "Por esta alegría".
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