Mallerie estaba radiante con un sencillo vestido color crema.
Cuando pronunció sus votos, su voz tembló lo suficiente como para sonar real.
“Carl”, dijo, “me diste estabilidad cuando no la tenía. Me diste amor cuando creía que se había ido para siempre. Has sido mi ancla”.
Creí cada palabra.
Esa noche, tumbado en la cama a su lado, escuchándola respirar, pensé que Sarah estaría orgullosa de mí por haber elegido la felicidad de nuevo.
Me equivoqué.
La mañana siguiente
Me desperté con el sonido del café preparándose.
Por un momento, todo parecía estar bien.
Entonces entré en la cocina.
Mallerie ya estaba vestida, con el pelo recogido en una coleta apretada que nunca antes había visto. Jake y Derek estaban sentados a la mesa, silenciosos, serios.
“Buenos días, esposa”, dije con voz suave.
No sonrió.
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