—“La verdad,”— dije. —“No eres hija de papá. Eres el resultado del romance de mamá con su socio, Harold Pierce. Él nunca lo supo, pero ahora yo sí.”—
Lorraine retrocedió, tambaleante. —“¡No tienes pruebas!”—
—“Tengo más que eso,”— respondí, deslizando un montón de fotos y cartas viejas. —“Papá lo sospechaba, pero no tuvo el valor de enfrentarte. Y si vuelven a acercarse a mí o a Emily, el mundo entero sabrá lo que hicieron.”—
Vanessa se quedó helada. —“Mientes.”—
—“¿Ah, sí?”— respondí con frialdad. —“Entonces explícame por qué tú y mamá pagaban las facturas médicas de Harold con nombres falsos durante años.”—
Silencio.
Por primera vez, las vi temer de verdad.
Lorraine se derrumbó en el suelo.
Vanessa miró hacia la puerta, acorralada.
—“Lárguense,”— dije. —“O la verdad saldrá a la luz.”—
Se fueron.
Y por primera vez, sentí poder —no venganza, sino liberación.
Pero no sabía que la historia aún no había terminado.
Porque Vanessa siempre había sido peligrosa cuando se veía acorralada.
Y esa noche, lo demostró.
Casi a medianoche me despertó el sonido del vidrio rompiéndose.
El olor a gasolina invadió el aire antes de que mi mente lo comprendiera.
El grito de Emily me atravesó el alma.
—“¡Mamá! ¡Fuego!”—
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