Cuando mi marido regresó después de tres años trabajando fuera, no volvió solo.

En ese último punto, al menos, tenía razón.

El niño estaba equivocado.

Por eso, cada paso que di estaba diseñado para atacar solo donde importaba:
Su orgullo.
Sus mentiras.
Su billetera.

Mis abogados presentaron la demanda civil y prepararon la penal.
La auditoría fue precisa:
Cuarenta y ocho transacciones injustificadas en veintiséis meses.
Un alquiler pagado con fondos de la empresa.
Dos pólizas de seguro.
Un auto registrado a su nombre financiado con la cuenta operativa.
Retiros de efectivo sin documentación justificativa.

Fernando intentó defenderse diciendo que eran "adelantos".

Pero estos supuestos adelantos nunca habían sido aprobados por nadie.
Y mucho menos por mí.
Yo era el único socio.

Su propio abogado terminó aconsejándole que aceptara un acuerdo.

Aceptó porque no tenía otra opción.
Vendió su auto.
Una motocicleta que casi nunca usaba.
Y un pequeño terreno que había comprado cerca de Toluca,
convencido de que algún día construiría allí una segunda casa.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.