Cuando mi suegra descubrió que yo ganaba 4,000 dólares al mes, no perdió tiempo en llamar a mis tres cuñados del rancho para que se mudaran a nuestra casa y me ordenó servirles.

Su sinceridad me conmovió, pero la confianza, una vez rota, no regresa fácil. Le dije que necesitaba pruebas, no palabras. Se fue decidido, y yo me pregunté si realmente tendría la fuerza para enfrentar a su madre y a sus hermanos abusivos.

De vuelta en Monterrey, la tormenta en el departamento empeoró sin mí. Doña Carmen había contado con tenerme como sirvienta eterna y, al desaparecer, su plan se desmoronó.

Los hermanos, acostumbrados a ser servidos, se volvieron unos contra otros. Sin comida lista, discutían por quién debía cocinar, limpiar o conseguir dinero. Ernesto quería trabajar, pero Santiago y Pablo se burlaban de él, insistiendo en que Daniel —y por extensión yo— debíamos seguir manteniéndolos.

Doña Carmen intentó imponer orden, pero sin mí como sostén, su autoridad se desplomó. Los vecinos empezaron a quejarse del ruido y de la basura acumulada. En una semana, el casero emitió una advertencia.

Daniel, entre la vergüenza y la rabia, al fin explotó. Echó a sus hermanos y enfrentó a su madre por primera vez:
—Este es mi matrimonio, no tu reino. Tú no decides quién vive en mi casa, y María es mi esposa, no tu sirvienta.

El silencio fue pesado, pero ese día Daniel me eligió de verdad. Luego me llamó con voz más firme que nunca:
—María, ya se fueron. Les dije que recogieran sus cosas. No me importa si me odian; no voy a perderte.

Era la prueba que necesitaba. No por venganza, sino porque debía ver que Daniel finalmente tenía el valor de defender lo que importaba.

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